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"El Buscador"
Esta es la
historia de un hombre al que yo definiría como buscador. Un
buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que
encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es
simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.
Un
día nuestro Buscador sintió que debía ir hacia la
ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso
riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido
de sí mismo, así que dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos
caminos, divisó Kammir a lo lejos, pero un poco antes de llegar
al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la
atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había
un montón de árboles, pájaros y flores
encantadoras. Estaba rodeaba por completo por una especie de valla
pequeña de madera lustrada, y una portezuela de bronce lo
invitaba a entrarDruida en el bosque, de Jonathon Earl Bowser. De
pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la
tentación de descansar por un momento en ese lugar.
El Buscador
traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre
las piedras blancas que estaban distribuidas como por azar entre los
árboles. Dejó que sus ojos, que eran los de un buscador,
pasearan por el lugar... y quizá por eso descubrió, sobre
una de las piedras, aquella inscripción. "Abedul Tare,
vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días". Se
sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era
simplemente una piedra. Era una lápida, y sintió pena al
pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese
lugar…
Mirando a su
alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado
también tenía una inscripción. Al acercarse a
leerla, descifró: "Lamar Kalib, vivió 5 años, 8
meses y 3 semanas". El buscador se sintió terriblemente
conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra una
lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y
el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con
el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había
vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor
terrible, se sentó y se puso a llorar.
El cuidador
del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró
llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba
por algún familiar.
No,
ningún familiar – dijo el buscador - Pero...
¿qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa tan
terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños
muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible
maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a
construir un cementerio de niños?
El anciano
cuidador sonrió y dijo:
"Puede usted
serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí
tenemos una vieja costumbre. Le contaré... Cuando un joven
cumple quince años, sus padres le regalan una libreta, Si
quieres ver la imagen completa... basta con que hagas click como
ésta que tengo aquí, colgando del cuello, y es
tradición entre nosotros que, a partir de entonces, cada vez que
uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a
la izquierda, qué fue lo disfrutado…, a la
derecha, cuanto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a
su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo
duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?
¿Una semana, dos? ¿tres semanas y media? Y
después… la emoción del primer beso,
¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso?
¿Dos días? ¿Una semana?
¿Y el
embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿y el casamiento de
los amigos? ¿y el viaje más deseado? ¿y el
encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?
¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?
¿horas? ¿días?…
Así
vamos anotando en la libreta cada momento, cada gozo, cada sentimiento
pleno e intenso... y cuando alguien se muere, es nuestra costumbre
abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo
sobre su tumba. Porque ése es, para nosotros, el único y
verdadero tiempo vivido."
Jorge Bucay
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